El bosque profanado. Capitulo 2 (por Sabaku no Aleida)
Capítulo 2: Los visitantes de Fulworth
Luna creciente, Aleida y Alfric habían mejorado en fuerza y destreza, el hermano menor había conseguido domar a Minueth y montarlo sin ayuda, Aleida estaba empezando a conseguir controlar su cuerpo y su mente para hacer el mayor daño posible al rival.
Justo un día estaban entrenando los dos y un grupo de niños estaba gritando por el bosque algo de que alguien había sido localizado al norte del reino. Era un grupo pequeño, tal vez y trío o una pareja. Los príncipes se miraron como si hicieran falta palabras.
Ambos corrieron a la guarida del dragón, Aleida le puso unas monturas de cuero enganchadas con hierro y cadenas. Alfric dijo, en apenas un susurro:
- Me voy, luego vuelvo.
- Muy bien, quedamos aquí cuando atardezca, ¿vale?
El chico asintió sin una palabra que decir y se marchó, el volvió a su pequeño escondite, recogió un paquete y lo dejó en una esquina, agarró unas ramas de lavanda, unas hojas de roble y unas flores de acónito y las echó a la hoguera. Sobre la mesa de piedra había un colgante con una lágrima de cristal y una cadena de plata y filigranas de aguamarina, la cogió y se la puso al cuello, el colgante emitía una pequeña luz que parpadeaba cada cierto tiempo.
- Mierda.- pensó- Otra vez no.
En el cristal del colgante vio a un niño de pelo rubio claro y ojos verde pardo. Iba corriendo por el centro de Owendash.
La gente lo saludaba al pasar, llegó al palacio real, subió por las escaleras y se encontró a una elfa pelirroja, que le empezaban a salir unas pequeñas alas de la espalda, que le cogió de la mano y le señaló a un hombre, con unas poderosas alas que se acercó a él.
Se veía cómo salían fuera de allí y el niño se enfrentaba al hombre.
También cómo ese mismo hombre atravesaba al niño con una daga en el estómago.
Las siguientes imágenes estaban borrosas.
La señora pelirroja y Efnalt hacían un ritual en el que una luz etérea de la elfa híbrida salía de ella y del niño, encerrándose en un cristal, que se volvió negro al instante, engarzado a una cadena de plata.
Ese mismo collar, se reflejaba a sí mismo, devolviéndole la vida a ese joven elfo que, 6 años después lo sostenía entre sus manos, tapándose la cara temiendo que le vieran llorar.
Se puso a gritar, de rabia, dolor, ira, y todos aquellos sentimientos que le herían como puñales incrustados en su alma.
Mientras tanto, Aleida preparaba las cosas importantes que debería llevar por si pasaba algo. Miró a la ventana y vio una torre de vigilancia elfa. No sonaban las alarmas, seguramente los duques no llegarían hasta la noche.
Alguien llamó a la puerta.
- ¿Sí?
- ¿Se puede?
- Pase.
Tras las puertas apareció la reina Efnalt, con un vestido de gala y cargando un paquete. Le dijo a su hija entregándole la carga:
- Póntelo en la ceremonia, por favor. Quiero que esta noche todo el reino vea a la futura heredera al trono en todo su esplendor. Cariño, eres una flor que se está abriendo. Y es preciosa.
- Gracias.- al ver que la reina se iba la llamó.- Madre.
- Dime, cielo.
- ¿Crees que a Alfric le… no volverá a pasar, no?
- Tranquila. Alfric ya no es un niño. Sabe lo que hace; o eso espero…
Y con esto, se fue, dejando a solas a la joven, que siguió poniendo cosas en el equipaje.
- Alfric, hermano… Ten cuidado.- Fue lo último que dijo en toda la tarde.
En la guarida del dragón, Alfric, se fue con Minueth. Quería pedirle algo a la gran criatura.
Allí estaba, tumbada en el suelo, despedazando un alce con sus garras. Pero no estaba Aleida, ya habría acabado lo que tuviera que hacer. Se acercó al alado y le pidió en voz baja:
- Si algo le pasa a mi hermana, ve a por ella, ni se te ocurra pararte por mí. Por favor, Minueth, por favor…
El dragón puso una de sus garras sobre el chico y le quitó la capucha. Con ellas, acarició el rostro de Alfric, mostrándole que no tendría que preocuparse de nada. El príncipe, moribundo, se inclinó ante la criatura y se fue, agradecido.
Sabía que podía confiar en él.
En palacio, se cuidaban minuciosamente los detalles para la celebración de esa noche. Todo estaba perfecto para la ocasión.
Aleida se ponía el vestido blanco y, tras pensarlo unos instantes, también se colocó la coraza de la armadura sobre éste. Se soltó su largo pelo y se puso unos pendientes de nácar como unas lunas llenas y un collar sobre la cabeza con una luna menguante en la frente.
Se sentó junto al amplio ventanal de su habitación a peinarse y a pensar en qué haría los siguientes años.
Pero se quedó en blanco. Y, en silencio, recogió el colgante que había visto esa mañana y se lo puso alrededor del cuello, con cuidado. Estaba frío y reflejaba la puesta de sol. Era hermoso, a su manera.
La princesa sonrió. Volvió a por el cepillo y se hizo unas pequeñas coletas que se recogieran tras su cabeza y en la nuca. El resto de su pelo, que llegaba a sus caderas lo dejó suelto.
Ciñó a su cintura una cinta negra con un nudo que cayera a su espalda.
Se vio en el espejo. Estaba preciosa.
Cuando se dio la vuelta, vio a su hermano al lado de la puerta. Por una parte, parecía cansado pero no lo mostraba, por otra parte, se apreciaba en él una pequeña sonrisa, se acercó a ella y la dijo:
- Hermanita, pareces una joya. Contigo la V Dinastía elfa florecerá, estoy seguro de ello.
- Gracias, Al. ¿Qué tal la coraza con el vestido?
- Yo no entiendo mucho de estas cosas, pero estás preciosa.
- Pareces cansado, ¿qué ha pasado?
- He venido corriendo. Todavía no me he preparado. Me voy.
- ¿Las maletas?
- Están listas desde ayer. Adiós.
A la chica le extrañó que su hermano hablara tanto. Por lo menos cuando se fue no hizo ningún ruido. Suspiró. Se arregló el pelo, se puso una capa de piel blanca a la espalda y bajó las escaleras hacia la salida de palacio. La familia real debía presentarse en las fronteras del norte al anochecer y el sol ya estaba ocultándose en el horizonte.
Al llegar, ya estaban todos en las puertas de Owendash, incluido Alfric. La joven no comprendía cómo su hermano era tan rápido. Pero allí estaba, sentado, serio y desafiante. Tras él unas elfas cuchicheando y riéndose en voz baja.
Se acercó a ellas y susurró:
- Como os acerquéis a mi hermano, os mato.
Todas callaron al instante. Conocían la fuerza de la doncella de Owendash y que meterse con ella era peligroso. Se acercó al príncipe y le comentó:
- Te he salvado el cuello, enano, deberías saber cuidar de ti mismo.
Él asintió y miró al frente. Ella se sentó a su lado y las chicas de antes parecían quejarse, Aleida les lanzó una mirada y enmudecieron como si fueran estatuas de mármol.
Aparecieron los arcángeles a unos diez metros de la puerta, llevaban unas capas que les cubrían todo el cuerpo y una capucha negra, y en la espalda, en granate, un par de alas bordadas. Apartaron de ellos la capucha y ésos eran: Elfleda y Legacius.
Elfleda fue una antigua elfa oscura, nativa de Owendash, hermana menor de la reina Efnalt.
Por su matrimonio con el duque, tuvo que pasar por un rito que la convertiría en un arcángel oscuro. Era pelirroja, esbelta y tenía los ojos azul mar. Era una mujer muy amable y generosa, pero nadie sabía por qué se había casado con Legacius sin ser un matrimonio de conveniencia.
En Owendash, el hijo y la hija mayor se casaban generalmente con otros de su especie, los otros hermanos, podían contraer matrimonio con cualquier criatura, fuera o no de su especie.
Legacius era alto y fuerte, su pelo era castaño con un toque gris. Sus ojos negros, y hasta los niños cuando juegan dicen que daba más miedo que el demonio. Tenía un gran lunar de nacimiento en el cuello. No hacía falta que se explicase el motivo de esto. Por él, en el colgante de Alfric se incluyó un sistema que reaccionaba brillando ante cualquier peligro. Nadie sabía si el duque volvería a hacerle daño al joven príncipe.
Una niña elfa pequeña, de pelo castaño y corto, vestida de verde le llevó unas flores a Elfleda. Ella se agachó y las cogió. Sonrió y le acarició la cabeza a la pequeña.
- Son muy bonitas, gracias, preciosa.
El rey se levantó y dijo:
- Bienvenidos a Owendash. Es un placer tenerles aquí.
En cambio la reina:
- Muchas gracias por venir. Legacius, Elfleda.
- Aleida, Alfric, ¡cómo habéis crecido! Alei, estás hecha una señorita; y tú, Alfric, todo un hombre.- comentó Elfleda.
- Gracias, tía. Han pasado muchos años desde la últimas vez que os vimos, ¿va todo bien por el norte?- preguntó Aleida.
- Sí, la verdad es que es siempre lo mismo allí. Nunca pasa nada interesante. ¿Y vosotros, qué tal?- miró a Alfric que no decía nada.- Alfric, ¿tú cómo estás?
- Bien.-respondió él mirando a otro lado, mientras las miradas enfadadas de los reyes se centraban en él.
Los reyes invitaron a los visitantes a sentarse, se había preparado un gran espectáculo de bienvenida. Lanzaron palomas y cuervos, más tarde aves rapaces y al final, como si estuviera planeado, Minueth salió a escena haciendo acrobacias. Aleida le había pedido que estuviera por allí en la función.
Pero había algo con lo que la chica no contaba.
El dragón bajó a donde estaba la familia real y miró a Aleida.
- ¿Quieres que me suba?
La criatura la señaló con la cabeza. La princesa subió, entonces Minueth se dirigió al hermano pequeño. Alfric se señaló a sí mismo y, tras comprobar que se refería a él, se montó encima.
El dragón alzó el vuelo e hizo varias piruetas en el aire. En ese momento, Aleida le dijo a Alfric:
- Te toca llevar al dragón. Coge las correas, dudo que tengas algún problema. Quiero ver cómo pilotas.
- Agárrate fuerte.-desafió el príncipe.
Cogió las riendas y empezó a hacer torbellinos y giros. Aleida gritaba por la adrenalina. Cogió por los hombros a Alfric y exclamó:
- ¡Ese es mi hermano!
Llegó el momento en el que Alfric se cansó de pilotar, susurró al oído del dragón que en cuanto acabara con esto se fuera al bosque.
Dio una vuelta más y cayó en picado.
- ¡¡¡¡Alfric, nos vas a matar!!!! ¡¡¡¡Tu colgante, tu colgante está brillando!!!!
El cristal estaba iluminado como una pequeña estrella, pero a Alfric le daba igual. Esperó hasta el último segundo y gritó en el aire:
- ¡¡¡¡AHORA!!!!
Alzó en vuelo a ras del camino a la frontera. La velocidad era vertiginosa, pero en cuanto vieron cerca los tronos reales, los príncipes saltaron al suelo y volvieron a sus sitios como si no hubieran hecho nada fuera de lo normal. El dragón se fue al bosque aprovechando su última acrobacia.
Todos los allí presentes estaban boquiabiertos con aquella actuación.
Los muchachos volvieron y se sentaron. Cuanto más se acercaba Alfric más brillaba su cristal. Él hizo como que no pasaba nada y lo ocultó bajo su ropa. Pero Aleida sí que lo vio.
Ella se sentó con Legacius y dejó a su hermano el sitio al lado de Elfleda. Cuento más lejos del duque estuviera, mejor. No quería poner a prueba al cuerpo de su hermano así otra vez; no quería saber si lo aguantaría de nuevo, si su alma saldría peor parada que su cuerpo o, lo que ella consideraba más probable, si moriría en el intento de escapar de Legacius.
Esperaba poder confiar en que la tía Elfleda si sucediera algo.
La ceremonia iba bien, los altos elfos empezaron a hacer conjuros que emulaban lo que los humanos llamaban “fuegos artificiales”, y, en un descuido de los tíos y los reyes, Alfric dijo a su hermana:
- Aleida, mi colgante está ardiendo.
- ¿Ardiendo? ¿Eso es posible?
- Me quema el pecho. Es insoportable.
- Tranquilo, en cuanto podamos nos vamos a dormir.
- Sí.- acabó él en un suspiro.
Lo demás que pasó estaba borroso en la mente de los dos hermanos. Ir a tal sitio, ir a este otro… Parecía una procesión de autómatas.
Algo más tarde del alba, los reyes, príncipes y duques consiguieron ir a dormir un poco. Elfleda estaba agotada por todo lo que había caminado, los reyes en cuanto vieron la cama se echaron a descansar un poco, Legacius iba con Elfleda también, el cansancio no pasó desapercibido en él, y los príncipes se fueron a la habitación de Aleida.
Alfric se tumbó, exhausto, tiró el collar lo más lejos posible de él y se quedó dormido al instante.
Su hermana, en cambio, en cuanto vio que si hacía algo el chico no se daría cuenta, le apartó la capa, le abrió la chaqueta y le subió la camisa, en efecto; tenía una quemadura en el pecho, le echó agua fría y un ungüento druida para calmar el dolor y curar la herida.
Le puso la ropa en orden, se quitó la coraza, se tumbó junto a su hermano pequeño, y, aún con el vestido blanco, se dormía cogiendo la mano del joven, consciente del peligro al que había estado expuesto.
Un poco más cerca, y hubiera podido pasar cualquier cosa.
Pero, como decía un viejo alquimista del pueblo: es mejor prevenir que curar.
Aleida sonrió al ver un poco antes se dormir los ojos de Alfric bajo el flequillo:
- Padre Cielo, Madre Tierra, muchas gracias por todo. Seguid protegiéndole así siempre, por favor.- pensó cerrando los ojos mientras una lágrima se escurría entre ellos.
En ese instante, una violeta había florecido en el país elfo. Pero las flores se marchitan… y mueren.


hola amig@s: lo del video lo dejo para un poquito mas tarde, cuando cuelgue el cap 4, porque sino desvelo mucha historia
y gracias a todos los que poneis historias y fics en esta web, que ya empieza a ser lo que era,
quiero que me ayudeis en algo
HAY QUE DARLE MUCHO TRABAJO A NARUUUU tiene que estar tos los dias poniendo cosas aqui, ok?
gracias a todos