El bosque profanado. Capítulo 3 (por Sabaku no Aleida)
Capítulo 3: Viaje al Norte
Tras unos días en Owendash, duques y príncipes se fueron a Fulworth. El viaje fue largo y difícil, pero llegar allí fue aún peor. Legacius y Elfleda vivían en un enorme castillo que parecía una fortaleza humana. En ella las calles estaban vacías, Elfleda dijo que algunos se habían ido a cazar, pero los elfos dudaban mucho de que hasta los niños pequeños o ancianos se hubieran ido de cacería.
- ¿Esto siempre es así?- preguntó Aleida.
- ¿El qué?- se extrañó Elfleda.
- Esto parece un pueblo fantasma.
- ¡Ah, eso! Últimamente sí, en estos tres últimos años toda la gente no sale a la calle. Pero seguro que ahora nos estarán mirando desde sus casas.
La joven echó una mirada a su alrededor. Sí, sentía como decenas de ojos la observaban desde las sombras.
- ¿Por qué están así?- siguió preguntando la elfa.
- Ni idea.
Eso ya era el colmo: ¿creían que eran unos idiotas o unos niñatos? A la princesa no le gustaban mucho aquellas contestaciones, pero se calló para apaciguar la tensión del ambiente.
Ya en el castillo, los príncipes decidieron dormir en la misma habitación.
Allí pasarían los siguientes dos años hasta que Aleida cumpliera los 17 y pudiera heredar el trono.
Los días pasaban rápido; Alfric entrenaba como espadachín con dos espadas bastardas y un mandoble a su espalda con una calavera y dos serpientes en la empuñadura. Pasaba de escudos o armaduras porque los consideraba un estorbo al moverse y le hacían más lento. Tenía razón, pero, aún sin defensas, su físico le hacía invulnerable a los ataques.
En cambio, Aleida, se dedicaba a meditar y a entrenar con un puñal y su arco. Su agilidad era increíble y ella sí que llevaba una coraza y una cota de malla bajo ésta. Con ella su rapidez bajaba, pero seguía siendo extremadamente veloz.
Minueth solía pasar de vez en cuando por la ciudad para comprobar si sus protegidos estaban bien, esos hermanos vivían el uno para el otro. Si algo le pasaba a uno, pronto llegaría el otro a defenderle.
Un día, la princesa pensó en Owendash, ¿estarían todos bien? ¿Madre, padre, los del pueblo? Aquella ciudad era tan diferente a la suya… Sentía mucha añoranza hacia su tierra, tal vez demasiada para su gusto. Ese día el sol brillaba tenue en las alturas, la brisa acariciaba el pelo de la joven, esa joven que, tumbada en la hierba cerca de un barranco; consciente de que sería reina elfa, de que su futuro se decidiría en los años que pasaría en Fulworth…
Etcétera.
La chica oyó unos pasos cerca de ella.
- ¿En qué estás pensando? – dijo Alfric.
- No lo sé, la verdad es que no lo sé. Dejo volar a mis pensamientos y yo les sigo.
- Entiendo. ¿Puedo sentarme a tu lado?
- No veo por qué no.
- Gracias.- acabó él.
- Alfric, no sé qué hacemos aquí. Todo es tan extraño… Ay, déjalo. Estoy hecha un lío.
- Sé de qué hablas, no soy un niño, no creas que yo no me siento igual. Tú… no viste mis ojos tras mi “operación”, ¿no?
- No, ¿por qué?
- Mírame.
Entonces, se quitó la capucha y se apartó el flequillo, con la mano en la frente, cogió el hombro de su hermana y al verle apartó la mirada, pero él la obligó a mirarle.
Sus ojos eran el izquierdo blanco y el derecho negro, los iris eran un par de esferas con un ente en cada uno que se movía y producía una extraña niebla en ellos.
- Al, ¿qué es eso?
- La tía Elfleda tuvo que introducir parte de mi espíritu en mis ojos o perdería la vista, por eso los tenía vendados tras la operación. Elfleda me dio este collar para no volver a tener que pasar por eso, todo menos eso…
- Alfric, hermano… ¿Por qué no me lo dijiste antes?
- Tenía miedo, mucho miedo, de mí mismo, de lo que harías tú, de lo que haría el pueblo…
- No te preocupes, no pasará nada, eres fuerte y no tienes la culpa de aquello.
- Siento que es como una maldición, cuando me acerco a ese bastardo de Legacius, el colgante brilla y mis ojos arden en deseos de matarle. No quiero perder el control y perderme a mí.
- No. Si pierdes el control, yo te detendré, nunca podrás conmigo, enano.- y le tiró al suelo.
- Serás…
Los dos empezaron a rodar en la hierba hasta que la tía Elfleda llegó, entonces Alfric se bajó de nuevo la capucha y se puso de pie.
- Parecéis niños. Ay que ver… En fin, mañana Legacius se irá al suroeste para detener las rebeliones fronterizas, se va a firmar un tratado de paz en una alianza. Por favor, despediros de él aunque sea, no le habéis dirigido la palabra en todo lo que llevamos aquí y os pasáis el día entrenando. No seáis rencorosos con él. Sé que os ha hecho daño, pero…
A Alfric le movía la ira pero su hermana al cogerle de la mano le hizo parar.
- Sí.-respondió ella en nombre de los dos.
- Gracias, chicos.
La cena ese día fue diferente, le tía Elfleda era la única que hablaba mientras de fondo sonaban los cubiertos chocando contra el plato de los demás.
Al final, los príncipes le dijeron adiós a regañadientes mientras el tío ponía la mano sobre la cabeza de Alfric diciendo:
- Si en realidad son buenos chicos…
Aleida no sabía qué iba a suceder a continuación. Si Alfric se tiraría a por él, si su colgante le daría una descarga eléctrica al arcángel o si no pasaría nada.
Fue la tercera opción.
Le dio la mano cortésmente y Legacius se fue.
La joven suspiró, no esperaba esto, pero era lo que quería que sucediese.
Casi se caía de sueño, se fue a su habitación a dormir pero cuando llegó, allí estaba su hermano, tumbado en la cama, y, como todas las noches, a Aleida se le hacía extraño el ver a Alfric sin su capa, en pijama y tirado en la cama con las manos bajo su cabeza.
- ¿Qué haces aquí?- dijo ella.
- Esta no es sólo tu habitación, también es la mía.
- No es eso, ¿cómo llegas tan rápido a todos lados?
- Llegando. Oye, Alei, no le digas a nadie lo de mis ojos.
- Por supuesto.
- Y algo más, ¿de dónde has sacado eso?- preguntó señalando el collar de Aleida.
- Me lo encontré en Owendash cuando estaba entrenando, no sé de quién será.
- Parece de un mago,-al tocarlo- está helado.
- El tuyo también, hermanito.
- Ya, pero el mío es de magia elfa, casi druídica, pero ese parece de magia oscura, no sé, tal vez…
- ¿Nigromancia?
- Sí, tal vez.
- Déjalo. Vamos a dormir, mañana pienso vencerte.
- Ya lo veremos.-sentenció el príncipe.
Alfric se sintió agradecido, parecía que ya podía ser un chico normal, su hermana sabía su secreto, hablaba como un muchacho normal de su edad, nunca había tenido esa sensación, pero le gustaba, le gustaba ser normal, pasar desapercibido entre la multitud, miró su capa, todavía no quería desprenderse de ella, pero, algún día tendría que hacerlo.
Pero cerró los ojos y se durmió.
Al día siguiente el menor de los hermanos de Owendash se sentía extraordinariamente bien. Quiso con todo su corazón que ese día no pasara nada malo, pero en cuanto se fue al acantilado vio que su hermana había madrugado y estaba preparada para luchar.
- Luego dices de mí que llego rápido a todos lados, eres una pesadilla con arco.
- Muy bonito Al, saca la espada y lucha, duendecillo saltarín.
- ¿Qué me has llamado? Te voy a hacer tragar tus palabras, elfa nigromántica del infierno abismal.- acabó con tono de burla.
La lucha empezó, Alfric no se movía mucho deteniendo los ataques, pero Aleida iba como un rayo a por él. Decidió dejar los juegos y se lanzó al contraataque. Ella los esquivaba como una gacela mientras el joven la dejaba contra un árbol. Colocó una de sus espadas en su cuello, diciendo:
- No puedes conmigo.
- Eso es lo que tú te crees. Mírate, estás muerto.
- ¿Qué?
Cuando él se dio cuenta de lo que sucedía vio que el puñal de Aleida estaba sobre su pecho, un poco más a su izquierda de la cicatriz que le hizo el collar al arder. Alzó las manos, tiró el arma y dijo:
- Vale, retiro lo dicho. Eres una oportunista.
- Claro, claro. Ponte algo que te proteja, ¿quieres? A ver, ¿qué es lo que te propones? ¿Morir? Imagínate que soy un enemigo, yo no me andaría con estupideces, te clavo el cuchillo y punto.
- Sí, y yo adelantaba la espada y quien se iba al otro barrio eras tú.
Y así pasaron los años, hermanos luchando para sobrevivir. En lo que pasaron allí después, no vieron al tío Legacius por ninguna parte, Elfleda no contaba nada, y lo peor de todo, es que los hermanos no recibían noticias de lo que pasaba en el mundo.
Alfric no sabía cómo ni por qué, ni siquiera era consciente de ello, pero estaba recuperando su alma poco a poco.
Mientras, en Owendash, una flor moría, abandonada a su fatal destino, condenada a la oscuridad eterna.
La rosa negra florecía en un campo de desoladas margaritas. Los lirios se volvieron rojos, y la vida dejaba paso a la muerte, a la masacre, a la destrucción.


aun no puedo mandar el video
esperad con la miel en la boca, peeero
no la saboreéis
felices fiestas minna!!!
P.D.: necesito ayuda para el cap 7 y el cap 8 que comente quien me quiera ayudar, le doy mi mail y al atakeeeeeee